Odio los viajes en autobus, rodeada de cientos de desconocidos, siempre acompañado por un olor extraño, mezcla de sudor y decadencia.
Caras cortadas por la rutina, gestos de derrota y miradas completamente desvanecidas, intentando ocultar su realidad tras las cubiertas de algún libro releído hasta la saciedad.
Los más jóvenes construyen su mundo imaginario con las notas que salen de sus mp3 machacados por el uso, zapatos con las suelas agrietadas por las maratones entre la parada y la oficina de viejos ejecutivos de treinta años. Son viajes que ocasionalmente se salvan por la presencia de un chico en desconcierto sentado en el asiento de enfrente, con la mirada perdida en tus ojos, pero por casualidad. Ensimismado en su propia historia, la estaticidad de sus pupilas es el único gesto humano entre tanto cuerpo esclavo del ocaso del día, pero que desaparece en la tercera parada. Como todos los días.
Hoy volveré a echarte de menos, hasta que mañana me mires sin querer de nuevo.
Alguien por quien volver a volver...
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Llegó en el momento exacto, de calmar mi rabia y rescatarme, entre tanto
humo,
justo cuando mis pasos ya no me llevaban a ningún lugar… sigo con el mismo...


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